La masacre de Wola

          El Levantamiento de Varsovia fue una gran sorpresa para la mayoría de los varsovianos, también para los vecinos de Wola. Sin embargo, la alegría de los primeros momentos era enorme y espontánea.
          La gente, cansada de la tiranía del ocupante, esperaba ahora un final próximo de la pesadilla que duraba cinco años.

          Lo que pasó en los días siguientes en Wola, excedió toda la imaginación...
          Las escuadras de la muerte alemanas avanzaron a través del barrio, desde el portazgo occidental hacia el centro de la ciudad, aniquilando todo ser vivo, demoliendo e incendiando toda la infraestructura.

          La masacre de Wola fue perpetrada por los alemanes contra la población indefensa, sacando de las viviendas a familias enteras. No perdonaron ni a los enfermos, ni a los niños pequeños.
          El homicidio era cometido en los patios, plazas, calles... A fuego de armas portátiles, ametralladoras colocadas en soportes en el suelo, granadas, incluso un tanque de cuyo cañón se hizo fuego contra la gente indefensa, en Wolska esquina de Elekcyjna.

          La población civil fue aniquilada casa por casa, calle por calle...za como escudos y barricadas humanos para proteger a los soldados alemanes que iban al asalto de las barricadas polacas. A partir de 4 de agosto, los alemanes lanzaron a la acción los aviones de bombardeo en picado que no dejaban de demoler el distrito.

          Wola pereció: la población fue muerta; las casas, quemadas. Se estima que fueron asesinadas unas 50.000 personas. Era un acto de genocidio contra la población civil indefensa sin precedentes. En tan sólo unos días fueron muertas más del doble de las víctimas de los crímenes soviéticos de Katyń, Kharkov y Miednoye.
          Al estallar el 1 de agosto de 1944 el Levantamiento de Varsovia, los primeros fuertes ataques armados de los alemanes fueron lanzados a dos distritos del oeste de Varsovia: Wola y Ochota. Los alemanes pretendieron proteger la ruta de comunicaciones para el ejército desde el oeste hasta los puentes del Vístula, al distrito de Praga situado en la otra ribera y más al este.
          Los alemanes invadiendo Varsovia desde los primeros días del levantamiento aplicaron la orden de Hitler y Himmler que decía: “matar a todos los habitantes, no tomar ningunos cautivos”. Esa directriz fue realizada con toda la brutalidad.
          Expulsados los insurrectos de las posiciones en la parte oeste de Wola, los alemanes acometieron la matanza de la población civil en los territorios ocupados y la quema de los edificios, con frecuencia con la gente encerrada dentro. Después de llegar a Varsovia, el 3 y el 4 de agosto de 1944, los refuerzos alemanes del llamado Wartheland (la región de la provincia de Poznań incorporada al Reich), las acciones alemanas se intensificaron.
          El 5 de agosto las tropas alemanas se lanzaron al asalto general a Wola, el primer distrito varsoviano en su camino. Ante una superioridad aplastante del enemigo, con tanques, artillería, un tren blindado y aviación, los insurrectos tuvieron que retirarse desde una parte del distrito hacia el este, en la dirección de los distritos del centro.
          En el territorio conquistado por los alemanes, el 5 de agosto comenzó una masacre de la población civil sin precedentes. La apisonadora mortífera fue avanzando desde los confines occidentales de Wola, a lo largo de las calles Wolska y Górczewska. Las escuadras de la muerte eran pertrechadas desde unos carros blindados especiales en municiones y tubos de repuesto para las ametralladoras. La masacre la presenció desde su puesto de mando, situado cerca de la calle Wolska y Syreny, el verdugo de Wola, el general Heinz Reinefarth.


El general Reinefarth con su estado mayor en Wola

          Recuerdos de Jerzy Janowski, que en agosto de 1944 tenía 12 años de edad:
          “En Varsovia estalló el levantamiento. Era un verano precioso. La mañana temprana y cálida del 5 de agosto de 1944 no presagiaba el ajusticiamiento de nuestro barrio. Fue el quinto día del Levantamiento de Varsovia. Wola ardía en llamas, desprendiendo una humareda horrible y el olor a cuerpos quemados, reinaba el temor y abatimiento. Los alemanes hacían venir los refuerzos en hombres y material del llamado País del Varta, o sea Poznań. Se oían sin cesar los cañoneos de las ametralladoras, tiros aislados y detonaciones de granadas. A la orden de Himmler vinieron a los suburbios de Wola las tropas del “rescate” alemán al mando del SS-Gruppenführer Heinz Reinefarth y la brigada de los criminales y delincuentes de oficio alemanes subordinados al mando del SS-Oberführer Oskar Dirlewanger. Al amparo de los tanques y carros blindados lanzaron un asalto violento a la ciudad por el oeste, a través de la c. Wolska, camino hacia Śródmieście, el centro de la ciudad.
          Delante de nuestra casa en la c. Sowińskiego en Wola, apareció un grupo de asalto de unos soldados con uniformes alemanes, con cintas de ametralladora y granadas. Eran de las tropas alemanas y sus aliados colaboracionistas: rusos y ucranianos. Fue una visión horrible. El miedo paralizaba el movimiento y la respiración. Unos quince soldados entraron corriendo en el edificio y estaban saqueando las viviendas, robando todo lo que pudieron. No se puede describir el miedo que nos invadió. De repente se oyeron disparos y gritos: “raus” “vihodite skorei” “schnell” (en alemán y ruso: fuera, salir deprisa, rápido). Todos los vecinos de nuestra casa se echaron a la salida y aquí volvieron a oirse las órdenes a gritos: “hände hoch”, “ruki vierh”, “pod stienku” (manos arriba, al paredón).
          Junto a la pared del edificio de la calle fue formada una fila de personas de pie, de cara a la pared, con las manos levantadas. En aquella fila de nuestros vecinos estaba nuestra madre con dos hermanos menores de 10 y 12 años de edad.
          A unos metros de nosotros estaba el Destacamento de Asalto, con metralletas en manos. Se oyeron los ruegos: “piedad”. El terror aumentaba. Momentos de silencio, ruido de cartuchos cargados. Al cabo de un rato ya se habría acabado todo.
          Y en aquel instante decisivo entre la vida y la muerte, un milagro. De la calle Grodziska se acercaron dos alemanes corriendo y disparando al aire en señal de tener algo que comunicar. Al venir resultó que eran dos oficiales alemanes de la Wehrmacht y Bahnschutz. Uno de ellos fue el Comandante del Puesto Ferroviario que desde hacía unos años estaba en el apartadero ferroviario cerca de nuestra casa.
          Tras unas negociaciones dramáticas con el Destacamento de Asalto que parecían durar siglos y unos argumentos de los oficiales que no conocíamos, desistieron de la ejecución. ¡Estábamos salvados! Nos salvó, como supimos después, una de las vecinas del piso de arriba, que hablaba alemán y viendo lo que pasaba, fue corriendo para pedirles socorro, salvándonos de una muerte segura.”

          La familia de los Janowski consiguió en circunstancias dramáticas salir de Wola y llegar al cercano distrito de Włochy. Se salvaron del exterminio. Pero la mayoría de los habitantes del lugar tuvo menos suerte. Las declaraciones de los pocos supervivientes dan una visión macabra de aquella tragedia.

          Los ajusticiamientos eran de carácter masivo y organizado. Eran acompañados de atroces crueldades y violaciones. Los verdugos no tuvieron piedad de nadie: ni de personas mayores, niños, mujeres, médicos ni curas. Las tropas alemanas avanzando por Wola dejaban detrás miles de cadáveres de los asesinados. Los crímenes tuvieron lugar en casi todas las casas de Wola, fábricas, el parque, en la mayoría de las calles, patios, puertas. Las casas eran robadas e incendiadas.





Wola en llamas.


          Los asesinos avanazaron sistemáticamente por el barrio. Los relatos de los lugares del crimen son declaraciones de los testigos presenciales, prestados ante la Comisión para el Estudio de los Crímenes Alemanes en Polonia.
          En el recinto de la iglesia ortodoxa de San Juan Clímaco en la c. Wolska, los alemanes perpetraron b>crimen singular contra los niños, huérfanos del Orfanato Ortodoxo de la c. Wolska 149.




La iglesia ortodoxa en Wola (foto: J. Mańkowska)

La lápida conmemorativa dedicada a los niños asesinados (foto: J. Mańkowska)

          Asesinaron también a otras personas que buscaron refugio en el templo. Presta declaración el testigo del crimen, Marysia Cyrańska, entonces de 12 años de edad:
          “Nos hicieron salir (de la parte inferior de la iglesia) a la calle Wolska. Allí vi las ametralladoras colocadas en los rieles de tranvía. Nos condujeron hasta una zanja al lado de la valla de la iglesia. Nos mandaron bajar a la zanja y sonó la descarga.


El terraplén al lado de la iglesia ortodoxa (foto: J. Mańkowska)

          Dispararon de ametralladora y de armas portátiles. Cuando todos cayeron, el tiroteo paró. Yo caí, herida en el brazo izquierdo. Además, un trozo de metralla me hirió en la sien y la mejilla. Tumbada, vi que un hombre desconocido se movió – entonces los alemanes lo remataron. Al asegurarse de que todos estaban muertos, los alemanes se fueron. Entonces me levanté y empecé a gritar: nadie me respondió. Entonces fui a través del Cementerio Ortodoxo a mi casa, en la c. Elekcyjna 15. Cuando llegué, estaban todos los inquilinos, también mi abuela, mi tía Helena Cyrańska y mi tío Stanisław Cyrański.
          En aquel tiempo llegó a nuestra casa un inquilino de la casa de Hankiewicz de la c. Wolska 129 y nos contó sobre el ajusticiamiento que había tenido lugar aquel día. Entonces mi tío con aquel hombre decidieron ir al lugar de la ejecución, para prestar ayuda a los heridos. Vi como entraban en el terraplén de la iglesia ortodoxa y en aquel instante encontraron a unos soldados alemanes quienes los mataron. Quedé sola con mi abuela y la tía Helena, nos escondimos en el jardín al lado de nuestra casa.
          Al día siguiente, 6 de agosto, mi tía y abuela oyendo una conversación en casa, se acercaron en dirección de aquellas voces. Eran unos alemanes. Las mataron. Al verlo, huí a través del cementerio...
          Me capturaron dos soldados ucranianos. Uno quería matarme, el otro protestó. Me dejaron en libertad. Fui hacia el Hospital Wolski... Aparte de mí, estaba allí un chico sin hogar que igual que yo se salvó del mismo ajusticiamiento (a sus padres los mataron cerca de la iglesia ortodoxa). Aquel muchacho se llamaba Kępiński.”

          En la masacre murieron los padres de la niña. El superviviente, pequeño Wiesio Kępiński echó a escapar antes de que lo alcanzaran las balas. Describió aquel crimen en el libro titulado “Sześćdziesiąty pierwszy” (El número sesenta y uno). De los niños del orfanato se salvaron dos niñas que consiguieron esconderse en un sepulcro en el cementerio.


La lápida dedicada a los asesinados al lado de la cerca de la iglesia ortodoxa (foto: J. Mańkowska)

          Un alemán, profesor de derecho al servicio de la Wehrmacht, el Prof. Hans Thieme, anotó sus impresiones de aquel lugar:
          “La primera impresión más directa la experimentamos en la calle Wolska, antes de entrar en la ciudad. Había allí un cementerio y en medio del cementerio, una iglesia ortodoxa, bastante moderna, maciza y primorosamente equipada... En los sótanos se habrían escondido algunos habitantes: mujeres, hombres, personas de edad y niños, cogiendo consigo las cosas más preciadas. Maletas saqueadas, ropa, camas y otras pertenencias estaban dispersas por todo el sótano... Pero ¿dónde estaban las personas?
          Salí solo del sótano... fui en derredor de la iglesia, llegué a uno de los sepulcros. ¡Aquí estaban las personas! A esos infelices y evidentemente los más inocentes fugitivos que se atrevieron a buscar refugio en la casa de Dios, se les condujo violentamente al cementerio y fusiló: a hombres, mujeres, ancianos y niños, a todos. Por encima de ellos estaban dando vueltas enjambres de moscas y ellos tumbados en charcos de sangre, esperando a que les quemen o entierren unos esbirros o lacayos... En los primeros días del levantamiento a la orden personal de Hitler, fue fusilado todo lo polaco, sin consideración de la edad ni sexo.”


          De una brutalidad singular fue el infame batallón de Oskar Dirlewanger, formado por criminales. En su camino se encontraron, uno tras otro, los sucesivos lugares de tormento. El crimen de la región del parque Sowiński, del lado de la calle Wolska, relata la superviviente Wacława Szlacheta, entonces de 43 años de edad:
          El 5 de agosto de 1944 a las 10:00, un destacamento alemán entró en el patio de nuestra casa en Wolska 129. Eran varias decenas. Estaban armados con fusiles ametralladoras de mano y granadas. La casa era grande, había más de 150 viviendas y unos 600 inquilinos... En casa quedaron solo unos cuantos enfermos encamados. Salí de casa con mi marido, dos hijos y dos hijas. Los gendarmes nos mandaron a todos los vecinos salir a la calle Wolska, cruzar la calle y pararnos junto al Parque Sowińskiego. Los hombres fueron separados de las mujeres, así como los muchachos a partir de los 14 años de edad, de sus madres. Fuimos colocados junto al cerco de alambre del Parque Sowińskiego: desde la puerta – hasta donde la cruz de piedra.
          Al estar junto a la cerca, vi que en la esquina de las c. Wolska y Ordona estaba colocada en un soporte una ametralladora, y al lado de nuestra casa a unos 10 metros de la c. Ordona, en la dirección a la c. Prądzyńskiego, estaba otra ametralladora. Vi también la tercera ametralladora, pero hoy ya no me acuerdo dónde (estaba más cerca de Prądzyńskiego). De estas ametralladoras los soldados alemanes nos dispararon... Caí al suelo. No estaba herida. Sobre mis piernas cayeron cuerpos. También estaba viva mi hija menor, Alina, que estaba tumbada a mi lado. Boca abajo, vi y oí a los soldados alemanes circular entre los tumbados, pateándolos para ver quién todavía estaba vivo. A los vivos los remataban de un tiro de revólver... Vi a un soldado acercarse a un cochecito y matar a los bebés mellizos, de sólo unos meses de edad, de mi vecina Jakubczyk. Todo el tiempo oí los gemidos de los agonizantes... Los cuerpos de mi marido e hijos no los vi al escapar del lugar del homicidio, pero su rastro se perdió. Los cadáveres de mis dos hijas sí los vi...




Parque del nombre del general Sowiński

La lápida conmemorativa en el Parque Sowiński (foto: M. Janaszek-Seydlitz)


Esbozo del lugar del ajusticiamiento en el Parque Sowiński.

          Al ocupar Wola, los alemanes montaron en el parque Sowiński el puesto del más pesado mortero autopropulsor “Karl”. Desde allí, a partir del 16 de septiembre de 1944 comenzaron a lanzar contra Varsovia unos proyectiles enormes de 2.200 kilos de peso. A los soldados que manejaron aquel monstruo no les molestó para nada que al lado yacían las cenizas de miles de habitantes de Wola asesinados y quemados.

          El “sábado negro”, el 5 de agosto, los sembradores de la muerte trabajaron sin cesar. Presta declaración Jan Grabowski, superviviente del homicidio al lado de la herrería en Wolska 124:
          “El 5 de agosto de 1944 penetraron en el patio de nuestra casa en Wolska 123, unos cien gendarmes alemanes: formaron una hilera hasta la herrería, situada al fondo de Wolska, bajo el n.o 124, casi enfrente de nuestra casa... Salí con mi mujer Franciszka, mi hija Irena de 4 años y mi hijo Zdzisław Jerzy de 5 meses de edad. En la plaza delante de la herrería, dieron orden de caer al suelo todos. El grupo de nuestra casa éramos unas 500 personas. Cuando llegué con mi familia, en la plaza ya había gente acostada en el suelo.
          Cuando estaba boca abajo, vi una ametralladora en un soporte... a unos 5 – 10 metros. Los alemanes empezaron a tirar de la ametralladora y de los fusiles, y arrojar granadas entre las personas... Pasado un tiempo, el tiroteo cesó y vi a un siguiente grupo de gente llevado por los alemanes... el tiroteo duró con intervalos para rematar a los heridos, como mínimo 6 horas... A mí, un gendarme me pisó tres veces con las botas, yo no estaba herido, pero mi mujer y niños fueron asesinados. Oí a un gendarme mandar matar a mi hijo de 5 meses que estaba llorando, oí un tiro y se quedó callado... Acostado, fingí estar muerto... Cuando llegaron unos obreros que llevaban los muertos para llevarme a mí también, entonces me levanté, agarré a un cadáver para llevarlo y lo seguí haciendo hasta terminar el trabajo. Los cadáveres los llevamos a dos montones... hasta el atardecer. Un montón era de 20 metros de largo, el otro de 15 m; 10 m de ancho y 1,5 m de altura... A los que cargaban los cuerpos les seguían los gendarmes y remataban a los que todavía estaban vivos...”



La lápida conmemorativa del lugar de las ejecuciones (foto: M. Janaszek-Seydlitz)


El esbozo del lugar de las ejecuciones

          Sobre el homicidio en la colonia Wawelberg en la c. Górczewska 15, depositó el relato la testigo Jakubowska:
          “El 7 de agosto de 1944, las 9 de la mañana, la c. Górczewska 15. Tres bloques de cuatro pisos de Wawelberg son rodeados por los alemanes de las SS. Lanzan granadas para dentro, al rededor colocadas las ametralladoras; a nadie le dejan salir; la casa incendiada por todos los lados; todos que salen son asesinados; con quemaduras se lanzan por las ventanas, nadie puede salir de las llamas, se queman vivos, sólo un milagro pudo salvar a alguien; sé de una mujer que saltó desde el 2º piso y sobrevivió; a la salida un montón de cadáveres de los que querían escapar de las llamas; vi también a una mujer con un bebé en brazos.
          Los bloques estaban rodeados por todas las partes. Supongo que pudieron vivir allí hasta 2.000 (dos mil) personas. Nadie salió vivo, salvo que por milagro, como la mujer mencionada arriba.”


          Una declaración horrible la prestó Wanda Felicja Lurie de 33 años de edad, con domicilio en la c. Wawelberga 18, después llamada “la Niobe Polaca”:
          “... Hasta el 5 de agosto de 1944 junto con mis tres hijos de 11, 6, y 3 y medio años de edad me escondí en el sótano de la casa en Wawelberga 18. Estaba de nueve meses. A eso de las 12 entraron en el patio los alemanes, ordenando abandonar los sótanos. Un momento después, empezaron a tirar a los sótanos las granadas incendiarias... En Wolska 55, delante de la fábrica “Ursus” reunieron a más de 500 personas... Al cabo de una hora nos condujeron al interior de las instalaciones. En el patio vi cadáveres en montones de 1 metro de altura... En mi grupo había muchos niños de 10 – 12 años, muchos sin padres...
          Estuve implorando piedad a los alemanes que nos salvaran a los niños y a mí. Uno de ellos me preguntó, si tengo dinero. Le di 3 anillos de oro. Los tomó, pero el oficial que dirigía la ejecución ordenó que me unieran al grupo destinado al fusilamiento... Me empujó tan fuerte que caí. Veía que estaba embarazada. Después golpeó y empujó a mi hijo mayor gritando: “¡Date prisa, bandido polaco!”... Los niños caminaron llorando... En un instante, el verdugo que estaba detrás de mí le disparó a mi hijo mayor en la nuca, los siguientes disparos alcanzaron a los niños menores. Después, me dispararon a mí. Caí del lado izquierdo. La bala me dio en el cuello, atravesó la parte inferior del cráneo, saliendo por la mejilla derecha. Sufrí una hemorragia y con la sangre escupí algunos dientes.
          Estaba consciente, en el suelo entre los cadáveres, y lo vi todo... Las ejecuciones acabaron solo al caer la noche. Los verdugos pisaban los cadáveres, daban patadas, los volcaban, remataban a los vivos, saqueaban... Estaba así entre los cadáveres tres días. Al tercer día sentí que el niño en mis entrañas estaba vivo. Me dio ánimo e hizo pensar en el socorro... Después de intentarlo varias veces, conseguí llegar a la c. Skierniewicka. Me acerqué a un pequeño grupo de gente. Sin embargo, fuimos capturados por los ucranianos y llevados a la iglesia de San Adalberto... Dos días después nos llevaron en una carreta al campo de tránsito en Pruszków y de allí, a los hospitales en Komorów y Podkowa Leśna. El 20 de agosto di a luz a mi hijo...



La lápida conmemorativa de la tumba de los niños Lurie en el Cementrerio de los Insurrectos de Varsovia (foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          El hijo de Wanda Lurie vive, es doctor en química. No deja de luchar por la conservación de la memoria de su Madre y miles de otros habitantes de Wola. En la fábrica “Ursus”, en una ejecución de las más numerosas, los alemanes asesinaron a 7.000 personas, vecinos de las casas del barrio.




La fábrica “Ursus”, c. Wolska 55/57

La lápida dedicada a los asesinados en la fábrica “Ursus” (foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          Los asesinos alemanes no tuvieron piedad ni de los hospitales. En Wola, bastante cerca los unos de los otros, en la región de las c. Wolska, Płocka, Żytnia i Karolkowa, los había cuatro: Wolski, Karola i Marii, el de San Lázaro y el de San Estanislao.

          En el hospital Wolski en Płocka 26, capacidad de 480 camas, encontraron refugio los heridos y gran parte de la población civil. El 5 de agosto a mediodía, los soldados de la Wehrmacht le advirtieron al director del hospital, Doctor Józef Piasecki, de que se acercaban las unidades de las SS. A las 14, entraron soldados de las SS del grupo de Reck (de Reinefarth). En su despacho, asesinaron al Doctor Piasecki, al Profesor Janusz Zeyland y al capellán, padre Kazimierz Ciecierski. Al personal y a la mayoría de los enfermos y heridos los echaron a las instalaciones de las fábricas en Moczydło, donde, tras haber separado a las mujeres, fueron fusilados en masa todos los hombres, casi 400 personas.


La lápida conmemorativa del Hospital Wolski (foto: J. Mańkowska)

          Declara el padre doctor Bernard Filipiuk, entonces de 46 años, superviviente de la ejecución en la c. Górczewska (donde fueron matadas 12.000 personas):
          “... El 5 de agosto de 1944, más alemanes volvieron al Hospital Wolski. Con ellos vinieron también ucranianos y georgianos. A la 1, un oficial alemán con dos miembros de las SS entraron en el despacho del director del hospital, Dr. M. Piasecki, que estaba junto con el Prof. Dr. J. Zeyland y el pe. K. Ciecierski, el capellán del hospital. El oficial los mató. Justo después me lo contó uno de los médicos. Entonces los alemanes se dispersaron por todo el hospital y bajo amenaza de los fusiles echaron a los enfermos de las camas... Estaba operado del estómago. Un alemán me golpeó, me echó de la cama y empujó a salir al pasillo. Estaba sólo con pijama y con los pies descalzos.
          Delante del hospital había ya una larga fila de personas, puestas por cuatro: enfermos, médicos, enfermeras y gente que buscó refugió en el hospital... Nos condujeron por Płocka y Górczewska hacia la línea periférica... Nos llevaron al patio de una fábrica... A la gente los sacaban por partes, primero los sanos, después, enfermos. Nos pusieron en cuatro filas de 12 personas. Nos quitaron los relojes y ... ya estabamos seguros de que nos iban a matar. Estaba entonces en una sótana que me trajo una Hermana de la Caridad... El lugar de la ejecución era un patio grande. Estaba allí unos 15-20 minutos. Y, delante de mí, vi fusilar a cada docena con un tiro en la espalda. A la espera de la muerte, el padre Jerzy Żychoń, misionario de Cracovia que estaba ingresado de enfermo de el Hospital Wolski, les dio a todos la absolución general, y yo se la concedí a él. Después rezamos en voz alta el “Padre nuestro”. A las últimas palabras el oficial de la Gestapo gritó: “¡Adelante!” Oí en alemán: “Fuego”. Sonó la descarga y caí con el padre Żychoń, porque segimos cogidos de mano. Me agarró consigo. Me di cuenta de que estaba vivo y no herido, pero empecé a fingir estar muerto. Un soldado de la Gestapo se acercó y me pateó en la rodilla, blasfemó y me disparó en la cabeza: la bala pasó al lado de la oreja. Estaba salvado...
          Tengo que subrayar que no sólo hombres fueron fusilados en la c. Górczewska. También mujeres... Pienso que eran esposas, madres, o hijas que acompañaron a sus cercanos, los seres queridos llevados a la muerte...
          En mi docena estaba una mujer con un niño en brazos. El pequeño tendría como un año. Con aquel niño fue fusilada. Le pidió al oficial de la Gestapo que primero matara a su niño y después a ella. Él hizo una mueca de sonrisa y no dijo nada. El niño lloró durante largo tiempo después de fusilada su madre.”


La lápida conmemorativa en el lugar de las ejecuciones (foto: J. Mańkowska.


El esbozo del lugar de la ejecución

          Otro relato del Hospital Wolski lo presta el testigo Jan Bęcwałek:
          “Estábamos delante de la puerta del edificio del hospital en la c. Górczewska. Se oían ruidos de las sucesivas ejecuciones desde el lugar del que habíamos logrado escapar hacía un rato.
          En el patio del hospital había tres cobertizos, de los cuales, en un momento, los alemanes empezaron a echar fuera a la gente que estaba dentro. Eran solo hombres, la mayoría jóvenes, incluso muchachos de 10 – 12 años, la mayoría vestidos como insurrectos: con uniformes de vario tipo y sudaderas con fajas – así como recorrían las calles con las órdenes. Tenían que permancer largo tiempo encerrados porque salían como desvaídos y perturbados.
          Los alemanes les entregaron palas y mandaron cavar un hoyo de unos 5 metros de hondo, del otro lado de Górczewska, enfrente de la puerta del hospital en la que estaba yo, en el huerto en el patatal. Estaban muy cerca, oía y entendía las órdenes.
          Después de cavar la zanja, los conducían en grupo de 25 sin camisas, sólo con pantalones, con las manos levantadas, los colocaban de cara al hoyo y los ucranianos de un tiro de revólver en la nuca los mataban. Unos cadáveres caían a la zanja, eran traídos otros. Nadie gritó, rogó, protestó. Así fueron fusilados varios centenares. El último pequeño grupo de los restantes cubrió la zanja con tierra. Fue la segunda ejecución que presencié aquel día.”


          Las enfermas y mujeres del personal, sacadas del hospital, fueron llevadas a un campo provisorio en Jelonki. En el hospital quedó el Dr. Zbigniew Woźniewski con un grupo de casi 100 enfermos y heridos, olvidado por los alemanes debido a la prisa, junto con una Hermana de la Caridad y dos mujeres de limpieza. Los dejaron en paz y junto con las enfermos y el personal que llegó el 6 y 7 de agosto del Hospital Karola y Marii, constituyeron el principio de un hospital de tránsito para los enfermos evacuados de otros hospitales y para la población de otros distritos, que funcionó hasta el final del Levantamiento y de la evacuación de la población de Varsovia. Hasta el 24 de septiembre, se encontró allí también el puesto sanitario alemán. El Hospital fue cerrado el 28 de octubre. Los enfermos, transportados a las afueras de Varsovia, principalmente a Milanówek y Podkowa Leśna.

          Al hospital de San Lázaro, situado dos manzanas más lejos, en el conjunto de los edificios entre las calles Leszno, Karolkowa y Wolska, en los primeros días del levantamiento, las autoridades insurreccionales enviaron a 3 médicos y un grupo de quince exploradoras-sanitarias. A partir del 1 de agosto el hospital recibió a los heridos. Ocupado por los insurrectos se halló en la línea de fuego de artillería. Los enfermos y los heridos fueron instalados en los sótanos.


El hospital de San Lázaro (foto: J. Mańkowska)

          Para el 5 de agosto de 1944 en el hospital había 300 ingresados, entre ésos, unos quince alemanes tomados prisioneros por los insurrectos. Por la tarde los insurrectos fueron expulsados del hospital. Por la noche penetraron soldados de uno de los grupos de Ostlegionen, que formaba parte del Grupo de Asalto de Dirlewanger. Eran azeríes, los ex-prisioneros soviéticos, del 1er Batallón del 111º Regimiento “Azerbaiyán” y del 2º Batallón “Bergman”. Destacaron por una singular crueldad durante las acciones en Wola, los primeros días del agosto de 1944. Los varsovianos los llamaban ucranianos, mongoles o calmucos.


          Comenzó la matanza de los heridos, los enfermos, el personal y sus familias, así como de los civiles que buscaron refugio en el hospital, entre ésos, muchos niños. Se disparaba de las armas ametralladoras a través de las ventanas a los sótanos, se lanzaron granadas, las personas expulsadas fueron matadas de un tiro en la parte posterior de la cabeza. En el hospital fueron muertas alrededor de 1200 personas, algunas quemadas vivas en los edificios incendiados después de la matanza. Gracias a la intervención de los soldados alemanes heridos tratados en el hospital, unas 50 personas del personal médico fueron transportadas al Hospital de San Estanislao. Fueron muertos varios médicos, igual que unas 30 enfermeras civiles y monjas, así como las sanitarias al servicio del levantamiento, entre ellas, 10 exploradoras de 16 – 17 años de edad.

          Recuerda Wanda Łokietek, exploradora sanitaria que sobrevivió:
          “... El 5 de agosto a partir de la mañana, los alemanes atacaron nuestro hospital por Wolska. A las 18 penetraron en el recinto del hospital. A los sanos, les ordenaron abandonar el edificio, a los enfermos graves los dejaron en las camas. Nos pusieron al paredón. Éramos 15, todos de 15-18 añps de edad. Los alemanes, ante nuestros ojos, empezaron a fusilar de una manera brutal, primero a los médicos, lo más frecuente, de un tiro en la parte posterior de la cabeza. De este modo, llegaron a donde nosotros. Nos ordenaron avanzar unos pasos, y dispararon en grupos Avanzamos todos, cantando el himno nacional: “Todavía no ha muerto Polonia...” Cuando sonó la descarga, caí junto a las muchachas con las cabezas destrozadas...
          Al final, del último pabellón, llevaron fuera a las monjas, eran 10. Salieron recitando el “Sub Tuum praesidium”. Los alemanes las fusilaban una por una. A continuación, prendieron fuego a los sótanos, rematando a los enfermos en las camas (lo contó uno de los enfermos que consiguió esconderse debajo de su cama y sobrevivir)...”


          Otro testigo, Wiesława Chełmińska, de 14 años de edad, describió la ejecución en el sótano del hospital:
          “... Quedaron los civiles y los heridos. Los miembros de las SS empezaron a llamar al sótano sucesivamente a unas cuantas personas de nuestro grupo. Nos llamaron a mi madre y a mí al sótano. Detrás de la puerta vi montones de cadáveres. Estaba encendida la luz eléctrica. En el pasillo estaba un grupo de los miembros de las SS con metralletas preparadas para tirar. A mi madre y a mí nos mandaron subir encima de los cadáveres. Mi madre subió primera y vi que el alemán le disparó en la nuca y que cayó. Subí tras ella y caí sin aguardar el tiro, pero él disparó, hiriéndome en el hombro derecho. Después de mí, tuvieron que subir al montón unas 20 personas antes de ser fusiladas...”

          El siguiente hospital en el camino de las escuadras de la muerte fue el hospital Karola y Marii, situado en la c. Leszno 36. Lo componían 9 pabellones y contó con 120 camas. Fue destinado para el puesto sanitario de la agrupación “Radosław” del Ejército Nacional AK y para la sede de la jefatura sanitaria del Kedyw (La Comandancia del Sabotaje polaco). Desde el estallido mismo del levantamiento en el hospital fueron ingresados muchos heridos. Aquel día, estaban alrededor de 150 heridos, entre ésos también unos alemanes, y 60 niños enfermos. Después de una dura lucha, el 6 de agosto de 1944 antes del mediodía, los insurrectos abandonaron el hospital. Junto con ellos salió el servicio sanitario insurreccional, personas levemente heridas y unas personas del personal del hospital.
          Las tropas alemanas al entrar en el recinto del hospital expulsaron a la mayoría del personal a la calle, ordenando abandonar a los enfermos y heridos. A una parte de los heridos se los consiguió salvar y llevar fuera, los demás murieron en las llamas en los edificios incendiados. Los demás del personal y niños enfermos quedaron en el pabellón de explotación del hospital. A todo el grupo los alemanes lo condujeron aprisa hacia la calle Górczewska. En la esquina de Młynarska mataron a unos heridos, dos enfermeras, al portero y al Dr. Kmicikiewicz quien, cuando los alemanes ordenaron que saliera el comandante del hospital, se hizo pasar por aquél, probablemente salvando de la muerte a los demás médicos.


La lápida conmemorativa en el lugar del hospital Karola y Marii (foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          Los alemanes trasladaron a los vivos al Hospital Wolski, donde dejaron a los médicos y enfermeras, mientras que a una parte de los heridos traídos los hicieron regresar. Los mataron más tarde delante del hospital, enviando antes a las enfermeras y al personal de servicio que cuidaban de ellos, al pabellón de explotación. El grupo de aquel pabellón llegó al día siguiente al Hospital Wolski. Al Hospital Wolski fueron traídos 36 niños y unos 50 enfermos y heridos. Una cantidad indefinida de niños corrió en pánico por el recinto del hospital. Dos días después, un grupo enviado del Hospital Wolski a su búsqueda, logró encontrar tan solo a un niño. A otro grupo de unas 60 personas, incluido el personal de administración, los alemanes lo condujeron al fuerte “Fort Bema”, donde liberaron al personal del hospital y a las personas mayores.

          El siguiente hospital de Wola fue el hospital de San Estanislao, situado en Wolska 37. En 1944, contó con alrededor de 600 camas. Ya en las primeras horas de la lucha, se empezaron a organizar espontáneamente puestos sanitarios. El 3 de agosto, durante el ataque de los tanques alemanes a la barricada que colindaba con las paredes del hospital, murieron 7 hombres que se encontraban en el recinto del hospital. El 5 de agosto los alemanes entraron por la puerta, matando al empleado que les abrió. Expulsados los enfermos y el personal al patio, emprendieron la matanza: fueron muertas 10 personas, entre ellas, el Dr. Jan Barcz.


El hospital de San Estanislao (foto: J. Mańkowska)

          La ejecución quedó suspendida gracias a la intervención enérgica del Dr. Paweł Kubica que hablaba alemán y les explicó a los alemanes que el hospital, que era de enfermedades contagiosas, no podía prestar ayuda y refugio a los insurrectos. Unos días después de ocupar el hospital, los alemanes ahorcaron a dos insurrectos capturados, en un árbol que estaba en el patio del hospital.


La lápida conmemorativa en el recinto del hospital (Foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          El hospital de San Estanislao era de considerable importancia para los alemanes. En el recinto, organizaron el puesto sanitario para sus propios soldados heridos. Al personal fueron agregados dos cirujanos, supervivientes de la masacre del personal masculino del Hospital Wolski e indicados por los alemanes para tratar a los alemanes heridos: Stefan Wesołowski i Leon Mateuffel. Ellos fueron los que organizaron la ayuda e ingresaron clandestinamente, al amparo de noche, a los heridos supervivientes de las ejecuciones masivas, entre ellos, a unos que lograron salvarse de la masacre en la fábrica Franaszka.

          Alrededor de 10 de agosto al hospital llegó el Standartenführer Oskar Dirlewanger que estableció en el hospital su sede y el centro de mando de las acciones. Para él, se transportaron robados de las casas de Varsovia muebles y utensilios de gran valor: alfombras, objetos y vajilla de plata. En esas circunstancias, en el hospital se cometieron menos asesinatos que en los demás hospitales de Wola.

          Recuerda la testigo, Dr. Joanna Kryńska:
          “Durante el Levantamiento de Varsovia de 1944 fui destinada para el puesto sanitario del AK al hospital de San Estanislao. Después de ocupar el hospital por los destacamentos alemanes, quedé en el hospital como médica.
          Alrededor del 10 de agosto llegó al hospital el Oberführer Dirlewanger que se instaló en el hospital. Como yo dominaba bien alemán, tuve que servir de intérprete y hablé con Dirlewanger y otros oficiales. Él dirigió la acción en la región de la c. Wolska y alrededores. Una vez, al hospital de San Estanislao llegó Reinefarth.
          Dirlewanger, en una conversación, me contó que era amigo de Himmler. En la primera mitad de agosto de 1944, en una conversación conmigo y con el dr. Kubica, Dirlewanger dijo que lo que estaba pasando en Varsovia con la población civil era nada en comparación con lo que pasaba en Rusia, donde sus soldados no dejaron vivo a nadie, asesinando y violando a la mujeres.
          Dijo que todo ello era necesario para la victoria de los alemanes, tanto más que se trataba de pueblos que bajo cada aspecto eran inferiores a los alemanes. Dijo que sus destacamentos eran especialmente entrenados para combatir la guerrilla.
          Colaboró estrictamente con la Gestapo que en Varsovia se había instalado cerca de la iglesia de San Adalberto. Allí residió Spilker. Dirlewanger varias veces llamó a Spilker para llevar a cabo “purgas” en el hospital. Como resultado, los médicos alemanes escogieron varias veces a los enfermos graves y a muchachos jóvenes a los que escondíamos metidos en las camas. Llevados por la Gestapo eran en parte conducidos a la iglesia de San Adalberto, en parte se perdieron sin rastro.
          De entre la población civil de las casas del barrio que se escondía en los refugios del hospital, la Gestapo elegía a unas personas “a ojo” o basándose en denuncias y los destinaban en parte al campo en Pruszków en los alrededores de Varsovia, pero muchas de esas personas desaparecían sin rastro. A petición de Dirlewanger, hubo 3 ó 4 “purgas”.
          También se llevaron a Alemania las instalaciones y el equipo del hospital: microscopios y cosas parecidas, igual sucedió en los demás hospitales.”

          Además de los arriba mencionados, hubo más lugares de tormento:

          - el cementerio Wolski en la c. Wolska 180/182;
          - Wolska 140a - el terreno al lado de la iglesia de San Lorenzo
          - Wolska 140 - la iglesia y el cementerio ortodoxos;
          - Wolska 130/132 - el parque Sowińskiego
          - Wolska 105, 107, 109;
          - Wolska 81 - el recinto de la fábrica de Kirchmajer y Marczewskio;
          - Wolska 76 - el terreno al lado de la iglesia de San Adalberto;
          - Wolska 60 - La Fábrica de Macarrones y Café Artificial "Bramenco";
          - Wolska 54 - el recinto de la Fábrica de Macarrones "Nałęcz";
          - Wolska 41/45 - la fábrica "Franaszka";
          - Wolska 27/29 - el recinto del convento de las Carmelitas Descalzas;
          - Młynarska 2 - la cochera de tranvías;
          - Górczewska 53 - La Fábrica de las Calderas "Simplex";
          - Płocka 23,
          - Staszica 15,
          - Sokołowska 4 (durante el Levantamiento, la sede de la Gestapo);
          - Sokołowska 5
          así como muchos más.




La lápida en la c. Wolska 102/104 (foto M. Janaszek-Seydlitz)

La lápida en la c. Wolska 2/4/6 (foto M. Janaszek-Seydlitz)



La lápida en la c. Górczewska esquina de Staszica (foto M. Janaszek-Seydlitz)

La lápida en la c. Wolska 27/29 (foto M. Janaszek-Seydlitz)

          Acabada la guerra, una parte de esos homicidios fueron conmemorados con lápidas o monumentos. Se pueden encontrar en el Mapa interactivo de la Memoria. No obstante, muchos otros, de los cuales no sobrevivió ningún testigo, van cayendo en olvido.


El mapa de 200 lugares en los que los alemanes asesinaron a 50.000 habitantes del distrito varsoviano de Wola durante el Levantamiento de Varsovia.
El mapa elaborado a base de los lugares de ejecuciones listados en el monumento. Elaborado por Janina Mańkowska.

          A los insurrectos que combatían en Wola llegaban informaciones sobre la masacre de la población realizada por los alemanes en el territorio conquistado, pero no lo pudieron remediar de ninguna manera. El 6 de agosto, el teniente coronel Jan Mazurkiewicz “Radosław” informó al Comandante en Jefe del AK:
          “El enemigo va quemando sucesivamente los edificios y talando la población de Wola... Parece que va a haber una tragedia a la escala de la histórica matanza de Praga... Si podéis ayudar, hacedlo rápido, quedan pocas horas...”

          El 5 de agosto llegó a Varsovia en general de las SS Erich von dem Bach-Zelewski que dirigió la acción de sofocar el Levantamiento. Tras ser informado de la situación, mandó suspender en parte la masacre de la población y el saqueo de Wola, prohibiendo matar a mujeres y niños. No anuló, sin embargo, la orden de matar a los hombres y a los insurrectos capturados. La modificación de la orden de Hitler y Himmler no se debía a razones humanitarias: von dem Bach consideró que los homicidios a gran escala causaban un gasto demasiado elevado de las municiones y eran causa de que los soldados abandonaban su tarea principal que era luchar contra en enemigo. Además, tomó en cuenta las razones económicas: el Tercer Reich necesitó de gran cantidad de obreros polacos para los trabajos forzados.

          A pesar de esta decisión, los homicidios continuaron. Stefan Ulrich, de 47 años de edad, presta declaración sobre un crimen de una perfidia singular:
          “Durante los primeros días del Levantamiento de Varsovia de 1944, viví en un apartamento en la c. Bema 56... El 5 ó 6 de agosto de 1944, los destacamentos alemanes expulsaron a la población civil de la c. Bema. Yo me quedé porque trabajaba en la cocina para los ferroviarios alemanes en la Estación de trenes del Oeste. Unos días después anoté que sobre la puerta del edificio en la c. Bema 54 fue colgada una bandera con la Cruz Roja, estando las ventanas desde el lado de la vía férrea cubiertas de tablas, y delante de la puerta vi a pequeños grupos de dos o tres miembros de las SS con las fajas de la Cruz Roja en las mangas.
          En aquel entonces por la calle Bema a la Estación del Oeste fueron conducidos bajo escolta grupos de la población civil expulsada de otros distritos de Varsovia. Los miembros de las SS con fajas de la Cruz Roja, aislaban del grupo a los niños entre 6 y 10 años, los minusválidos, las mujeres ancianas y embarazadas y los conducían a la casa de Kosakiewicz. Lo vi yendo en riksha a por las patatas para la cocina... vi después a los niños asomarse por las ventanas que daban a la calle Bema, en la planta baja, y las personas mayores, en el primer piso...
          Entre las 23:00 y 24:00 oí unos gemidos horribles, gritos y disparos por la propiedad de Kosakiewicz. Parecía que los tiros sonaban por la propiedad de Lilpop, situada enfrente, bajo el n.o 54. Salí en silencio de casa, me acerqué arrastrándome a la zanja por la parte de la vía férrea. Entonces vi que la casa número 54 estaba en llamas y, al mismo tiempo, oí desde la casa en llamas unos gemidos horribles y maldiciones echadas a los alemanes y los niños gritando “Mamá”. Nadie escapó, por este lado las ventanas estaban cubiertas de tablas, pues la puerta tenía que estar cerrada. Por la parte de la fábrica de Lilpop sonaban tiros de serie, no conseguí averiguar de qué arma. Entendí que la gente se estaba quemando viva...



La lápida en la c. Bema 57 (foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          El 6 de agosto de 1944 los alemanes fusilaron al personal civil de la central eléctrica ferroviaria en la c. Przyokopowa, sede del actual Museo del Levantamiento de Varsovia.

          A partir del 8 de agosto, para asesinar a la población civil, fueron destinados grupos especializados de la policía alemana que funcionó en el marco del grupo de general Reinefarth, que en alemán tuvo el nombre de: Einsatzkommando der Sicherheitspolizei bei der Kampfgruppe Reinefarth, que todos los días hasta mediados de agosto asesinaron a la población civil, mujeres y niños incluidos, en la plaza al lado de la calle Okopowa 59.


El lugar del crimen sin conmemorar en la c. Okopowa 59 (foto: J. Mańkowska)


Esbozo del lugar de la ejecución

          Además, aún el mismo 15 de agosto en el recinto de los cementerios ortodoxo y el católico fueron fusiladas más de 2.000 personas; en los demás casos el número de las víctimas de una ejecución no sobrepasaba 200 personas.

          A partir del 11 de agosto de 1944 prácticamente todo Wola quedó ocupada por las fuerzas alemanas. El espacio entre las casas quemadas del distrito estaba cubierto por miles de cadáveres de los vecinos asesinados. En el aire quedaba el olor a quemado y el hedor de los cuerpos humanos en descomposición. Los alemanes organizaron un destacamento especial Verbrennugskommando Warschau, cuya tarea consistía en borrar las huellas del crimen. Se componía de varias decenas de hombre jóvenes y fuertes elegidos de entre los prisioneros polacos destinados a la ejecución. La tarea del Kommando era recoger los cadáveres de los asesinados y colocarlos en grandes montones que, tras regar con un líquido inflamable, eran incendiados. Hubo más de 30 hogueras de este tipo.





          El Kommando que estaba directamente bajo las órdenes del SS Obersturmführer Neuman, fue instalado en el edificio del cuartel de los ferroviarios en la c. Sokołowska, justo al lado del campo de tránsito para la población civil situado en la iglesia de San Adalberto en la c. Wolska 80.

          Cada día, los prisioneros del Kommando, equipados con palas, camillas y carros, bajo escolta de los miembros de las SS, iban a los lugares de las sucesivas ejecuciones, donde emprendían el “trabajo”. Recuerdos de Tadeusz Klimaszewski, prisionero del Verbrennungskommando:
          Ésta es la fábrica Franaszka... Nos chocó un hedor horrible, insoportable. Hasta donde alcanzaba la vista, el cuadrilatero del patio estaba cubierto por los cadáveres. A pleno sol, unos, apiñados en medio del grupo; otros, a cierta distancia extendidos unos al lado de otros, otros por separado en el borde del patio con las manos tendidas hacia la muralla, como si en el último intento desesperado de salvarse. Parece que contra la gente, agrupada y apiñada en el patio, fueron lanzadas granadas, porque los cuerpos enmarañados y apiñados estaban horriblemente masacrados y en el patio había muchos hoyos. Otros de la muchedumbre, a los que la muerte no les había alcanzado de inmediato, estaban disperson en desorden, acurrucados del miedo o posiblemente del dolor...
          Esa masacre masiva parece que había sido perpetrada hacía varios días, porque el sol de agosto ya había hinchado los cuerpos. Miles de moscas enormes cayeron en un emjambre sobre las manchas oscuras de la sangre coagulada...





Las instalaciones de la Fábrica Franaszka.



Las lápidas conmemorativas en Wolska 43/45 en el lugar de la Fábrica Franaszka (foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          Estuvimos largo rato sin movernos. Un llanto, incontrolado, espasmático rompió el silencio. Fue el ingeniero, llorando como un niño...
          “ – Oíd, no los recojáis, no los quitéis.. Dejadlos, que queden aquí. La guerra está a punto de terminar, que lo vea la gente, que los vean... ¡Tienen que seguir aquí! ¡Haremos venir aquí a todos, al mundo entero, que lo vean!





Lugar del entierro provisorio de las cenizas de los asesinados en la fábrica Franaszka.


          No fue el único lugar tan horrendo. Otro lo recuerda también Tadeusz Klimaszewski:

          “Nos sorprendió que en Wolska giramos en el sentido contrario a la ciudad. Era el terreno de los huertos en las afueras, pequeños campos de cultivo, propiedades de verduleros. Detrás, verdor abundante en los cementerios, entre el cual asomaban las torres de las iglesias, la ortodoxa y, más lejos, la de Wola.
          ... Cubiertos por las hojas, ennegrecidos, cadáveres: unos, otros, otros más, eran muchísimos. Cubrían todo el rincón del huerto, apiñados caóticamente entre el verdor de los arbustos. Tan sólo ahora nos dimos cuenta de que las hojas estaban arrugadas y salpicadas de herrumbrosas manchas de sangre...
          Nos acercamos y miramos al fondo, pero en el hoyo oscuro en vez del agua vimos cadáveres abarrotados, horrendamente convulsionados... El lugar estaba lleno de cuerpos humanos. No pudieron ser sólo los habitantes de aquella casa o de los edificios vecinos. Sin duda, reunieron a la gente del vecindario, o del gran edificio que se erigía en el otro lado de la calle. Entre los asesinados había más cuerpos de hombres...





          Limpiado el terreno alrededor del pozo y del patio, fuimos a la otra parte del huerto. A lo largo de la valla del cercado de poca altura, espesamente acribillado a balas, de pronto dimos con otro montón de cadáveres. Parece que eran refugiados, a juzgar por la ropa de los muertos, los abrigos y gabanes puestos, y esparcidos alrededor los hatos, paquetes, maletas. Aquí la mayoría eran mujeres y niños: los pequeños y bebés todavía permanecían en los brazos contraídos y apretados de sus madres, los mayores, no lejos, agarrados a los faldones de su ropa.


          En medio del grupo como un símbolo espectral vimos a un hombre mayor, de pelo cano. La mano alargada delante agarraba un palo, apoyado en los cadáveres próximos, en el cual ondeaba la bandera blanca.
          Por todas las partes, las huellas de la rapiña... las manos brutalmente torcidas, heridas por los dedos voraces, quitando anillos, alianzas, sellos...”


          El Verbrennugskommando actuó principalmente en la línea de las calles Wolska, Chłodna, la plaza Bankowy, girando a la c. Płocka, Działdowska, Młynarska, Karolkowa, Towarowa, Krochmalna, Żelazna, Orla, Zimna, Przechodnia y Żabia. También recogió a los asesinados en la región de las Hale Mirowskie.
          En muchos lugares ardieron hogueras formadas por los cuerpos de las víctimas de Wola. Los alemanes pretendieron borrar las huellas del crimen. Las cenizas de los cuerpos quemados eran enterradas en el terreno de la llamada “Venecia”, una plaza vacía en la que había habido tiovivos, norias y gabinetes de curiosidades, situada en las proximidades del actual centro comercial PDT Wola (o Wola Plaza).


El trayecto del Verbrennugskommando

          Los prisioneros del Kommando tenían que entregar a los alemanes todo oro y objetos de valor encontrados junto a los cadáveres, e informar de cada persona viva encontrada. El incumplimiento de la orden se castigaba con la muerte. Una parte de los objetos de valor, los miembros de las SS simplemente los robaron.

          El Verbrennugskommando Warschau funcionó como mínimo hasta la mitad de septiembre de 1944. Algunos prisioneros lograron escapar al terreno controlado todavía por los insurrectos y pudieron describir después la masacre de Wola de la que eran testigos. Los demás siguieron la despiadada suerte de los enterrados por aquellos en la tierra mártir. Los alemanes no solían dejar vivos a los testigos de sus crímenes.

          La iglesia de San Adalberto en Wolska 74/76 quedó grabada en la memoria de muchos habitantes de Varsovia. En el recinto los alemanes organizaron el punto de reunión para el resto de la población de Wola que sobrevivió del pogromo. Ya el 2 de agosto a la rectoral llegó la Gendarmería para efectuar el registro mediante la rapiña. Al día siguiente, en la rectoral se instaló la Gestapo. Los curas tenían prohibido prestar la asistencia religiosa. La comandancia del campo de tránsito, ubicado en la iglesia de San Adalberto, la tomó el SS Hauptsturmführer Alfred Spilker de la Gestapo en Varsovia.


La rectoral de la iglesia de San Adalberto en Sokołowska 4 (foto: J. Mańkowska)

          Recuerda el padre Wacław Murawski:
          “Cuando estalló el levantamiento de Varsovia de 1944, estaba en la rectoral en Sokołowska 4 en Varsovia. Yo era, igual que ahora, párroco del curato de San Adalberto en Wola... El 1 de agosto de 1944 a las 17:00, cuando sonaron los primeros disparos cerca de la iglesia, todo el recinto se pobló de zapadores alemanes armados. Desde aquel día no me permitieron desplazarme sin escolta...
          El 2 de agosto de 1944 por la noche llegó a la rectoral un destacamento de gendarmería. Vi que en los uniformes a la altura del bolsillo tenían unas insignias con el letrero “Posen” contra un fondo negro... Efectuaron varias veces el registro de la rectoral y se llevaron los objetos de valor e incluso la ropa blanca... El 2 de agosto por la mañana otro destacamento de gendarmes condujo a la iglesia a un grupo de la población civil de las proximidades de la calle Wolska, del tramo desde la c. Płocka hasta la c. Bema. Aquellas personas me contaron que los gendarmes habían agredido sus casas, lanzado granadas a los sótanos y expulsado a la gente. Los edificios no estaban en la línea del combate.
          Ya a partir del 3 de agosto de 1944, se empezaron a enviar grupos de la población desde Varsovia a los campos de tránsito en Ursus y después, a los en Pruszków. El 3 y el 4 de agosto llegaron otros grupos de personas, la mayoría mujeres y niños, de la c. Wolska y de las calles transversales del tramo desde Młynarska hasta Bema
.           Oí a muchas mujeres decir que, esos días y en ese tramo, sucesivamente los alemanes de la gendarmería y luego los “ucranianos” se apoderaron de las casas, matando a la mayoría de los hombres, y a las mujeres, las enviaron a la iglesia...
          El 5 de agosto de 1944, la Gestapo llegó a la rectoral. Todos llevaban uniformes, vi que tenían calaveras en las gorras y las solapas del uniforme... Al llegar, me prohibieron ir a la iglesia... Enfrente de la rectoral en Sokołowska 5, desde el 2 de agosto de 1944 fueron detenidos grupos de hombres capturados en la ciudad o expulsados de la iglesia. En parte, los hombres eran empleados para obras de demolición de las barricadas.



La sede de la Gestapo y el Verbrennungskommando en la c. Sokołowska 5 (foto: J. Mańkowska)

          A partir del 3 de agosto de 1944 una parte de esos hombres fue conducida fuera en grupos y su rastro se perdió... Desde el 5 de agosto, aumentó considerablemente la afluencia de la gente, hubo días cuando la iglesia, aunque enorme, estaba abarrotada de gente, cabían hasta 5 mil personas. Al mismo tiempo eran frecuentes las deportaciones al campo de tránsito en Pruszków... Conmigo en la rectoral vivieron los padres Stanisław Kulesza, Stanisław Mączka y Roman Ciesiałkiewicz. El 8 de agosto los funcionarios de la Gestapo se los llevaron al edificio en Sokołowska 5, de donde fueron llevados fuera en coche. Después del fin de la guerra, una mujer cuyo apellido desconozco, me contó que había visto a los alemanes fusilar a los tres curas de mi parroquia, en la c. Moczydło...
          El 9 de agosto de 1944 al llegar a la iglesia vi que había alrededor de 5.000 personas. Eran gente de las c. Elektoralna, Chłodna, Leszno y otras... En el presbiterio estaban las parturientas, unos bebés, los enfermos en el suelo... A la gente no le dejaban salir de la iglesia para hacer las necesidades naturales...”


          Dentro de la iglesia con frecuencia había más de 5 mil habitantes del barrio en un día. En el interior del templo, en gran apretura, sin agua ni alimento, estaban las personas mayores, mujeres y niños; los hombres eran tenidos fuera y en la parte inferior de la iglesia. Tras seleccionar, eran destinados a la demolición de las barricadas, a los campos o al paredón. Después de la rendición de Wola, al campo en la iglesia de San Adalberto era deportada también la población civil de otros barrios de Varsovia, sucesivamente conquistados por los alemanes.





La población civil conducida a la iglesia de San Adalberto


          Recuerda Irenka Janowska seud “Inka”, exploradora de Wola, de 14 años de edad, quien en el momento del estallido del Levantamiento, estaba en una reunión de exploradores en la c. Książęca 3, y después, lejos de su familia, se vio en el torbellino de las luchas insurreccionales:
          “... Estábamos corriendo con mis amigas por Książęca y Nowy Świat, después nuestros caminos se dividían. En la plaza Piłsudskiego, los alemanes me detuvieron y condujeron a la casa de vecinos en la c. Królewska 6, donde estaba durante tres semanas... Luego junto con los vecinos de aquel edificio y de otros fui conducida por la ciudad en llamas a lo desconocido..
.           Vamos desde la plaza Piłsudskiego en larga columna vigilada por los alemanes. Al salir de los Jardines Sajones nos atracaba una horda de los vlasovianos (los soldados del general Vlasov de ROA, el Ejército Ruso de Liberación y de otras formaciones del este), quienes a gritos y empujones le están robando a la gente los hatos y lo que puedan. Cerca de las Hale Mirowskie de nuevo tiros, gritos, desesperación: son los ucranianos que sacan de la columna a muchachas jóvenes, conduciéndolas a golpes hacia los escombros... Llegamos a Młynarska.
          Aquí vuelven a atracarnos otros ucranianos. Uno de ellos se me acerca corriendo y tirando de las orejas intenta arrancarme los pendientes de oro. Mi espantoso grito llama la atención del escolta que golpea al ucraniano con la culata del fusil y lo repele fuera.
          Entre la polvareda y hedor a casas y cuerpos quemados, llegamos a la iglesia de San Adalberto. Me encuentro cerca de mi casa. Ya he sabido las noticias sobre la masacre macabra cometida en la población de Wola. ¿Cuál ha sido la suerte de mi familia? Soy niña, ¿he quedado sola en este abismo del crimen?
          En el patio al lado de la iglesia hay un cubo de agua. La gente intenta llegar empujándose, pero no hay tazones. Alguien tiene uno. Una mujer quiere dar un anillo de oro por conseguir este recipiente. Yo también me muero de sed, pero no bebo.
          Nos hacen entrar en la iglesia. La gente agotadísima se cae como troncos al suelo frío. En cada puerta, un centinela alemán. Al lado de la iglesia, dos zanjas enormes que sirven de retrete. Todos acosados por el hambre.
          Los alemanes confiscan los objetos de valor propiedad de la gente. Reina un pánico general. ¿Qué será de nosotros? En el hedor y suciedad, entre gemidos, llanto y oraciones rezadas, va pasando una noche horrible.
          Por la madrugada, entran corriendo en la iglesia unos miembros de las SS y mirando al rededor echan la vista a personas jóvenes a las que separan. Igual que ayer en la plaza Piłsudskiego, cuando de la muchedumbre nos escogieron a mí junto con cuatro muchachos más para servir de “escudos humanos” de protección a los alemanes que estaban registrando las casas y escombros abandonados por los insurrectos en la c. Królewska.
          Ahora vuelvo a oír las mismas palabras: “Du! Du! Du!...” (tú) Y de nuevo veo un dedo gordo delante: “Du!” - sentencia el alemán. – Dios mío, ¿por qué de nuevo yo? – pienso con terror. Nos expulsan de la iglesia y echan en una furgoneta. También a los muchachos. Todos estamos callados. Nos llevan a Okopowa a la curtiduría. Todo el día estamos sacando y cargando los cueros a las furgonetas. Al atardecer, las muchachas volvemos a la iglesia, lo muchachos no. No sabemos de su suerte. Al alejarnos de la curtiduría, oí descargas y explosiones. Se vieron también llamas. La fábrica fue volada.
          En la iglesia no he visto a la gente con los que me habían conducido. Hay gente nueva. Tengo cada vez más hambre. A pesar del cansancio no puedo dormir. Con un vestido de seda tengo mucho frío en el suelo de piedra. Así va pasando la segunda noche en la iglesia. Amanece. Por las ventanas despuntan los rayos del sol. De nuevo entran las SS. Nos expulsan de la iglesia, llevando a gritos y empujones a las personas viejas y enfermas. Se forma una columna a la que los alemanes conducen por las calles de Wola a la Estación del Oeste. Nos meten en los vagones para el ganado, cierran las puertas. El tren arranca. Para mí, al siguiente compartimiento del Infierno...”



El interior de la iglesia de San Adalberto y la lápida conmemorativa en el muro (foto: J. Mańkowska)

          Durante unas semanas, los alemanes conducían a la iglesia columnas de los habitantes de la capital, efectuando de camino numerosos ajusticiamientos. Delante de la iglesia estaban los “especialistas” alemanes quienes escogían a las personas que, según ellos, se parecían a los insurrectos y a las personas de presunta ascendencia judía. A los judíos los aislaban y mataban. A los hombres sospechados de la participación en el AK, los llevaban a la cárcel para interrogatorios y después a los campos de concentración. A una parte de los hombres jóvenes, los dejaban en Varsovia para trabajar en las obras. A los demás hombres y mujeres, niños y ancianos, tras un breve descanso, los deportaban a pie a la Estación del Oeste y de allí en trenes al campo de Pruszków.





El exodo de la población de Varsovia.


         Los médicos que se hallaban entre los evacuados, organizaron un ambulatorio provisional en el presbiterio al lado del altar mayor; recogían entre los compañeros del cautiverio los materiales de apósito y las medicinas para prestar ayuda a los enfermos y heridos.
          El campo en la iglesia de San Adalberto funcionó hasta el fin del Levantamiento. En el terreno de la iglesia se realizaban las ejecuciones de los insurrectos tomados cautivos. Por el campo pasó alrededor de 90.000 habitantes de Varsovia.

          La segunda iglesia histórica de Wola, la de San Lorenzo en el Reducto de Wola, fue no solo lugar del homicidio del heroico párroco, pe. capitán Mieczysław Krygier, de los insurrectos y la población civil. Aquí fue muerta Janina Franaszek, embarazada, esposa del director Kazimierz Franaszek, propietario y director de la fábrica Franaszka. Junto con ella fue asesinado su hijo de 5 años, Piotruś.
          La iglesia de San Lorenzo desempeño un papel similar al de la de San Adalberto, aunque a menor escala. También en esa iglesia los alemanes tenían internada a la población civil de Varsovia conducida a pie camino al campo de Pruszków. La iglesia fue parcialmente quemada. Sufrió grandes estragos el interior de la iglesia puesto que los ucranianos se divirtieron disparando a las figuras de los santos y a los cuadros.

          Sobre el drama de la población de Wola habla Bohdan Honda, nacido en 1944, vecino de Włochy:
          En Wola fueron muertos 16 miembros de mi familia más cercana incluido mi primo hermano que era insurrecto. Pereció en Wola. Sin embargo, ni siquiera sabemos dónde se halla su sepultura. Nos lo contó nuestra abuela que no pudo aguantar y a finales de agosto o a principios de septiembre salió de casa. Fue a Wola a buscar a la familia. Tenía dos hijas y tres hijos con sus respectivas familias. De parte del padre perecieron: la madre, la hermana con el marido ... y así. Total, 16 personas.
          Y mire, volvió ella al cabo de una semana con una noticia funesta, casi de Job: visitó las viviendas de toda su familia y estaban vacías. Los alemanes la capturaron y arrestaron en la iglesia de San Adalberto, cuando prácticamente ya habían terminado los fusilamientos y quemas en Wola. En la iglesia de San Adalberto fue el punto de arresto – y consiguió huir de allí. Y vino aquí al cabo de una semana.
          Por lo que veía, por lo que vio, supo que no hay ninguna esperanza ni posibilidad de que vuelvan. Se volvió loca. No encontró a nadie. Vio edificios vacíos, distritos vacíos.
          De lo que le contó la gente en la iglesia, resultó que distritos enteros y casas habían sido despojados y la gente, conducida a Wolska ante los puestos de las ametralladoras. Los cadáveres se quemaron en el parque Sowińskiego.
          Un día, a nuestro padre lo visitó un tío que escapó de un montón de cadáveres en el Parque Sowińskiego. Relató a los padres y yo escuché. Tanto vivos como muertos los echaban en el montón, regaban con la gasolina y prendían fuego. ¡Llamarlo un matadero es poco!!!...”


          Wola recibió el primer golpe de las fuerzas alemanas que aplastaban el Levantamiento. Tras la rendición del Levantamiento y la expulsión de toda la población de Varsovia, Wola siguió la suerte de los demás distritos varsovianos. Cuando el 17 de enero de 1945, en la ciudad entraron las tropas soviéticas con el Ejército Polaco formado en Rusia, en Wola por debajo de la nieve se veían muñones de casas quemadas, entre los cuales asomaban los restos mortales ennegrecidos que no llegaron a quemarse del todo.

          El 25 de noviembre de 1945 fue fundado en Wola el Cementerio de los Insurrectos de Varsovia. Una superficie de 1,5 hectáreas fue ubicada en la parte exterior del cementerio Wolski en Wolska 174/176. En el cementerio se enterraron entonces los cuerpos de los insurrectos y víctimas de la Segunda Guerra Mundial, recogidos de los céspedes, plazas y calles de Varsovia. Entre los cementerios de Wola en la c. Sowińskiego, fue puesta una enorme hilera de cajas colocadas verticalmente en varios estratos, en los que encontraban cabida los restos mortales recogidos en las calles de Varsovia.


El Cementerio de los Insurrectos de Varsovia (foto: J. Mańkowska)



Dos tumbas de un hijo


                                                                                                                                                                              - Para las madres de los perecidos en el Levantamiento

¡Varsovia libre! – con cuánto escarnio
Sonó la noticia,
Libre de alemanes, Pero ¿existía?

Los muñones de casas asomaban de los escombros,
La ciudad repleta de cadáveres dispersos,
¡Decenas de miles a centenares pasaban
Reducidos a carbón, cenizas o matados con tiro en la nuca!

Desde las ruinas y céspedes los traían aquí
En cajas en calado, cubiertas de calcio
En largas filas
como en orden de combate formados
¡Para que las fosas comunes
llenaran para la gloria eterna!

WOLA, la que sufrió más formó el Cementerio de los Caídos Invictos
De los Héroes valerosos
Y habitantes de la ciudad
Asesinados brutalmente
- ¡Todos a la gran causa entregados!

La mayoría eran héroes “desconocidos”
Sólo unos pocos reconocidos.

Sobre una de estas tumbas
Una mujer agrisada, encorvada
Aunque sin decir nada
Parece que en la tumba
Quedó todo lo que poseía.

En este silencio sepulcral, abismo desesperado
A la mujer se acercó
De este incendio salvada –
Una niña
Que tocando su mano suavemente
Preguntó:
- ¿Está aquí enterrado
Su Hijo querido?

Entonces la mujer llorando
Miró a lo lejos
Y susurró casi impreceptible:
- Sí. - No. – No sé...
- Lo he buscado por todas las partes
He preguntado, he reconocido...
- ¿Tal vez aquí, tal vez en Powązki ...?
Confío que una de esas tumbas
Me quitó el hijo.

Voy a venerar las dos por igual
Y seguir creyendo que una u otra
Escondió a mi hijo,
Aunque no sé con certeza,
Dónde está su sepultura.

Era tan jóven
Amante de Polonia
Sin piedad para el enemigo
Dedicado a la Patria.

Y quedó así
Desgarrada y casi sin vida,
La madre del insurrecto varsoviano
Y de su fe desesperada
¡La tumba del hijo!

                                                                                                                                                                          Janina Janowska
                                                                                                                                                                          Varsovia, 1958

                                                                                                                                     el poema está basado en un acontecimiento real, ocurrido durante la construcción del cementerio
                                                                                                                                     en noviembre de 1945, en la cual la autora del poema participó de niña



          El 6 de agosto de 1946 rumbo al Cementerio de los Insurrectos de Varsovia emprendió su camino un cortejo conmovedor. En 117 féretros eran llevados más de 8,5 toneladas de las cenizas mortales de los quemados en montones dispersos por todo Wola, en la región de la prisión de Pawiak, en el recinto del antiguo gueto judío y del patio de la antigua sede de la Gestapo en la avenida Aleja Szucha.





La documentación que contiene la lista de los restos mortales.


          En 117 fosas comunes yacen aquí los restos de aproximadamente 40.000 víctimas del hitlerismo: los soldados polacos desconocidos del septiembre de 1939 y los “Kościuszkowcy” o sea la 1ª División Varsoviana de Infantería “Tadeusz Kościuszko” (después División Blindada) que perecieron luchando por Varsovia en 1944 y 1945, los insurrectos de varias formaciones, la población civil. En un sector aparte del cementerio yacen los restos mortales de 6.588 judíos fusilados entre 1940 – 1943 en el campo deportivo de “Skra” en la c. Okopowa.

          En la parte central del cementerio se erige el túmulo que contiene 12 toneladas de restos mortales. En 1973 en el túmulo se construyó el monumento a “Los Caídos Invictos” diseñado por el escultor Prof. Gustaw Zemła. Un combatiente apoyado en una mano agarrando la espada, con el escudo sostenido con la otra mano alzada, que muere con el pecho desgarrado, simboliza la lucha de los soldados de Varsovia por la libertad.





El monumento a “Los Caídos Invictos” en el túmulo y la lápida conmemorativa (foto: J. Mańkowska)


          En el cementerio de los Insurrectos de Varsovia yacen los restos mortales de casi 104.000 personas.


La tabla que presenta el número de las víctimas (foto: M. Janaszek-Seydlitz)

          Hace pocos años en Wola se inauguraron dos monumentos que conmemoran el martirologio de sus habitantes. El primero, dedicado a los Mártires del Distrito Varsoviano de Wola está en el patio del convento e iglesia de los Padres Redentoristas en la c. Karolkowa 49





La iglesia de los Redentoristas (foto: J. Mańkowska) y el conjunto de las Lápidas Conmemorativas (foto: M. Janaszek-Seydlitz)


          El segundo monumento, el principal, descubierto en otoño de 2004 está situado en la confluencia de las c. Leszno y Aleja Solidarności. Se ve un letrero: “A la memoria de los 50 mil habitantes de Wola asesinados por los alemanes durante el Levantamiento de Varsovia del año 1944”.


El monumento del recuerdo de los 50.000 habitantes de Wola en la c. Leszno esquina de Solidarności (foto: J. Mańkowska)

          Lo que había pasado en agosto en Wola, puede ser reconstruido sólo en parte, a base de los testimonios de los supervivientes. De muchos lugares de ejecuciones no se salvó nadie. Se conservan sólo los recuerdos sobre los montones de cadáveres. Los alemanes pretendían borrar las huellas del crimen, quemando los cuerpos.

          Para hacernos una idea del tamaño del crimen perpetrado por los alemanes contra los indefensos civiles de Wola, imaginémonos todas las víctimas asesinadas puestas en las calles de Varsovia en una gigántica cola. El frente está en el Cementerio de los Insurrectos de Varsovia, después este cortejo de sombras sigue por la c. Wolska, Aleja Solidarności hasta la plaza Bankowy, la c. Marszałkowska hasta la plaza Unii Lubelskiej, luego por la calle Puławska, la más larga de Varsovia, hasta el número 560 (esquina de Kuropatwy), o sea hasta la frontera sur de Varsovia. La longitud de la cola es de unos 20 kilómetros.

          La historia de la masacre de Wola no está todavía bien documentada. Si se ha escrito sobre el agosto de 1944 en el distrito, era desde el punto de vista de los insurrectos combatientes. Sin embargo, el recuerdo del genocidio desde hace unos años va despertando un interés cada vez mayor en la sociedad, entre otros, gracias a la apertura del Museo del Levantamiento de Varsovia. El comité impulsor compuesto por: Jerzy Janowski, Janina Mańkowska y Marta Olejnicka, presentó la iniciativa ciudadana para declarar el 5 de agosto el Día de Wola.
          A raíz de la iniciativa, el 8 de diciembre de 2009, en la XLV Sesión, el Concejo del Distrito de Wola adoptó una decisión respecto a establecer el 5 de agosto El Día Varsoviano del Recuerdo de los Habitantes de Wola asesinados por los alemanes durante el Levantamiento de Varsovia e inscribir la fecha en el programa de la celebración del aniversario del Levantamiento. El 28 de diciembre de 2009, se dirigió una solicitud al respecto a la Presidenta de la ciudad capitalicia de Varsovia, la Sra. Hanna Gronkiewicz-Waltz.
          El 15 de julio de 2010, el Concejo de la Ciudad capitalicia de Varsovia aprobó el decreto que establece que el 5 de agosto va a celebrarse como El Día Varsoviano del Recuerdo de los Habitantes de Wola asesinados por los alemanes durante el Levantamiento de Varsovia.




autores:
Janina Mańkowska
Jerzy Janowski
Maciej Janaszek-Seydlitz

traducción: Łukasz Szulim



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